Esta historia que les voy a contar sucedió hace mas años de los que ustedes y yo podríamos sumar y la verdad es que no estoy segura si se las estoy contando yo, alguna bruja de antaño que esté canalizando, o algún ser superior para el que ella está sirviendo de canal.
Cuentan las viejas leyendas de lo profundo del continente que todo comenzó una noche de ensueño bajo la luna llena rosada, en aquel bosque encantado donde descansaba Achikilla.. Pero esas no son palabras ciertas, pues todo ya estaba allí cuando esa noche transcurrió:
Las blancas crinas de la potra que montaba ese potro volaban al viento. El galopar de la yegua las mecía como si quisieran acariciar ese torso desnudo bañado de sensual sudor adornado por finos y delicados bellos cataños. Las gruesas y robustas manos apenas si se sujetaban del cabello de la yegua, pues su majestuoso equilibrio le habría permitido galopar al tiempo que tensa un arco para soltar la flecha que vuela directo al corazón.
Fue ella, Achikilla, la joven de ojos color rubí quien lo hizo detener, o mas bien su encanto: “Un cabello de mujer tira mas que todo un grey” dice el refrán. Dicen que era una de las estaciones cálidas del año, aunque en esas latitudes todas las estaciones podrían considerarse templadas, por eso las vestiduras de ella constaban solo de una capa élfica, una sublime tanga de piel de serpiente y un sujetador de escamas de dragón, mientras que su equipo de viaje solo era una bolsita donde guardaba frutos secos, un saquito para trasportar agua y por supuesto el puñal de piedra que ella misma había tallado en su mas tierna infancia. Él la miró como se mira a una elfa de la noche que hace su primera aparición, le tendió la mano invitándola a montar y con voz fuerte y melodiosa como el canto de un Dragón de la Suerte le declaró su profundo amor. Ella apenas si rozó la mano tendida y de un salto, cayó en los torneados brazos de él. Embebida en su dulce aroma, bien sostenida por la cintura, con sus delicados labios a centímetros de los de él. Con suavidad acarició su gruesa barbilla y derritiéndose en su mirada le susurró:
-"Mi amor le pertenece al bosque"
En ese momento la joven despertó bañada en lagrimas que reflejaban la refulgente estrella Xaman quien la veía a su vez desde el cielo por entre las hojas de un gran árbol abuelo sobre el que hacia pocas horas ella se había dormido.
Al sentirla despertar mientras en el tronco mayor un rostro de anciana se formaba, el árbol preguntó con voz terrea como de abuela: - “¿Algo irrumpe tu descanso Achikilla?”. Achikilla, se limitó a responderle con una sonrisa picaresca mirándola por el rabillo del ojo, pues es bien sabido que la madre pacha todo lo conoce y nada hay porqué explicarle.
Antes de volver a dormir, Achikilla envolvió su piel bajo la tibia y liviana capa, cuyos hilos mágicos le supo ganar a los elfos en una de sus mas espectaculares aventuras, pero esa es otra historia y merece ser contada en otra ocasión. Cuestión que al volver a cerrar sus ojos se perdió el espectáculo para el que había sido despertada por la madre natura: esa noche de luna rosa, la brillante estrella que junto a ella brillaba, se desprendió del firmamento cruzando el cielo con una perfecta estela de fuego azul.
Tal vez tuvo otros sueños hasta que un pequeño pajarillo de dulce melodía se posó en la rama que pendía a pocos centímetros sobre el tierno rostro de Achikilla, generando al mecerse que una gota de rocío se desprenda de la última hoja de la ramita, con la suerte que cayó justo sobre su parpado al momento de despertar. El primer rayo del alba alcanzaba ya su piel y una tierna sonrisa se dibujó en su rostro mientras volvía al mundo del gran mitote.
Esa mañana, como todas las mañanas después de rememorar lo soñado y elongar sus músculos, Achikilla agradeció al nuevo día, al abuelo árbol que la contuvo durante la noche, a los espíritus del bosque que iluminaron sus sueños hasta el despertar, y comió dos almendras y una nuez que la noche anterior anticipó a pasar al saquito de agua para que ya estén con todo su poder activado al amanecer. La melodía cantada por la pequeña ave anunció ser ya la hora de la partida y Achikilla tras atender el susurro de la briza que le indica el rumbo a tomar, con un notable equilibrio entre destreza y agilidad, emprendió el camino indicado.
El brotar de algunas flores estacionales de dulce aroma y color violeta anaranjado, le supieron demostrar que desde su partida ya se cumplían tres giros completos del sol. Y a su memoria acudió aquella noche en que partió...:
Reunidas rodeando un fuego en circulo sagrado femenino, un silencio marcó que se detuvieran mirando el centro tomadas de las manos con respiraciones todavía agitadas y pieles transpiradas de tanto cantar y bailar. Entonces Itzá, cuya piel arrugada en sus manos demostraba un centenar de años de ser usadas con vigor; la que de todas las presentes tenía el pelo mas blanco y largo, tomó la palabra: -“La voz del fuego está hablando” dijo mientras al centro del circulo, Salamandra, el espíritu del fuego danzaba como hasta recién lo hacían las mujeres a su rededor.
Como quien escucha una voz en su interior o lee en voz alta Itzá dijo para todas: -“Precisamos adentrarnos por las Puertas del Saber Profundo! Será Erandí, la briza del amanecer quien nos guiará hasta ahí”. una gran chispa saltó del fogón y cuando llegó a la cúspide de su vuelo pareció alinearse a la estrella mas brillante del cielo cayendo a los pies de Itzá, quien continuo la lectura -“éstas puertas solo se abrirán al momento en que Xaman la estrella errante caiga”. Un frió húmedo descendió del cielo que ya clareaba y el fuego descendió casi hasta consumirse. El Gran Antu sol asomó en ese instante, haciendo que Itzá entrecierre sus blancos ojos encandilados y entonces concluyó: -“Es momento que nuestro despertar haga su aparición, atravesará las Puertas del Saber viniendo desde la profundidad del mundo. Un gran viaje lleno de peligros se aventura y será la mas joven de nosotras quien en soledad alcance nuestra suerte” dice Itzá y el humo hizo como si señalara a Achikilla quien estaba celebrado su noveno cumpleaños.
Con total suavidad Erandí la brisa del amanecer quitó algunos cabellos del rostro de Achikilla y le susurró al oído que era el momento de partir. Una lagrima con todos los recuerdos contenidos en ella, recorrió su mejilla mientras tomaba lo imprescindible para su larga travesía y sin despedirse ni de sus hermanas ni de las sabias mujeres que la supieron guiar y enseñar, partió en dirección al gran despertar.
Se sabe que todo esto fue cierto y pudo no haber sucedido, pues se dice que ese mismo día que cayó la estrella, tres años después de su partida, Achikilla alcanzó las Puertas del Saber Profundo, frente las cuales todavía se encontraba resplandeciente Xamán, la estrella errante y desde entonces las mujeres del mundo tenemos la posibilidad de sentir el despertar directo a nuestro corazón, guiándonos desde los mas profundos saberes ancestrales contenidos en todo lo que existe, existió y existirá.